martes, 4 de abril de 2017

3º ESO: Experiencia personal

             Resultado de imagen de albert espinosa el mundo amarillo

  En el taller de escritura de nuestro proyecto Aprendiz de escritor, este mes hemos estado trabajado la narración de experiencias personales. Se trataba de contar una experiencia dura (como una enfermedad, una muerte, un accidente, una separación, un susto serio ...) de una forma optimista, esperanzadora, inspirándonos en la lectura de algunos fragmentos de El mundo amarillo, de Albert Espinosa, la obra en la que se basa la serie de TV Pulseras rojas:




OBJETIVOS DE LA TAREA:


  • Desarrollar actitudes positivas de escritura.
  • Contar una experiencia desde el punto de vista personal.
  • Extraer una enseñanza optimista de nuestras experiencias.



Aquí tenéis los que, a mi humilde juicio, son los mejores trabajos. Como veréis, cumplen bastante bien los requisitos estilísticos que establecimos de antemano.

1. Trabajo de Samuel Oya:

¡Menudo día de frío! Estaba deseando llegar a casa para estar calentito con la estufa y jugar a la consola en el salón. Sí, aquel viernes parecía perfecto, como perfecto iba a ser aquel fin de semana sin exámenes y sin deberes. ¡Menuda felicidad! Hacía tiempo que no tenía un "finde" relajado y sin preocupaciones. Ingenuo de mí...

Lo primero que hice al llegar a casa fue llamar a mi padre. Tenía muchas ganas de saber a qué hora me vendría a buscar para ir a pasar el fin de semana a su casa de Vigo. Lo llamé una vez y no me cogió el teléfono. Me extrañaba, pues todos los viernes conseguía ponerme en contacto con él al llegar de clase, pero tampoco le di mucha importancia.

Mi madre estaba trabajando, así que estaba solo en casa. Me puse a ver la tele mientras esperaba la llamada de mi padre. Pasaron dos horas y aun no sabía nada, por lo que decidí volver a llamar, pero tampoco había nadie al otro lado de la línea. El tiempo pasaba y mi preocupación iba en aumento. Volví a tener el teléfono en la mano otras cuatro veces más, siempre con el mismo resultado. Eran ya las ocho y me pareció buena idea repetir la llamada por quinta vez. ¿Qué podía pasar por llamar una vez más, no? Y así lo hice. Al tercer tono escuché la voz de mi padre, pero lo que dijo casi prefería no haberlo escuchado. "Estamos en el hospital, te llamo en diez minutos". Los peores diez minutos de mi vida quizás. ¿Qué habría pasado? ¿Sería muy grave?

Al fin sonó mi móvil. "¿Qué pasó, papá?". "La abuela se puso mala y estamos con ella en el hospital. Mañana a primera hora paso a buscarte." "Está bien, hasta mañana". "No te preocupes, no pasó nada".

A la mañana siguiente me sentí más cansado de lo normal; era obvio, no dormí nada en toda la noche. Me levanté a las ocho. Mi madre dormía profundamente en su habitación. Desayuné algo rápido, me vestí y me preparé para marchar. A eso de las nueve llegaba el coche de mi padre. Le dejé a mi madre una nota sobre la mesa de la cocina diciéndole que me iba.

Me subí al coche y miré a mi padre a los ojos. Me devolvió la mirada. Sobraron tanto los "buenos días" como mi pregunta: rápidamente me puso en situación. "La abuela tuvo un ictus cerebral y pasó la noche en urgencias. Ahora mismo está consciente, pero ciega de un ojo y con algún problema de memoria.". "¿Vamos a hacerle una visita, no?" "Prefiero que no vayas, te quedas con la tía en casa, y a la noche llego yo y jugamos una partida al FIFA." "Pero papá, yo no quiero estar con la tía, ni jugar al FIFA. Yo quiero ver cómo está mi abuela". "No quiero que la veas así". "Pero, ¿tan grave es?" "Lo suficiente como para que te quedes en casa". Acabé aceptando la decisión, aunque "me tocaba mucho los huevos" (hablando rápido y claro) estar en casa, tranquilo, mientras un familiar cercano lo pasaba mal, y lo peor es que no podía hacer nada para evitarlo.

Al llegar a casa de mi tía, me metí directamente en la ducha y, luego, a la cama. No quería cenar nada.

Había pasado ya una semana, y mi padre me dio el permiso de visitar por fin a mi abuela. Decía que había recuperado mucho y que ahora estaba mejor. Llegué a su habitación y, sinceramente, yo me esperaba algo mucho mejor. Tenía un ojo mirándome a mí y otro mirando a la ventana; la mitad de la boca caída; y tenía más arrugar de lo común. "Mire, mamá, ¿sabe quién vino a visitarla?". La abuela balbuceó algo indescifrable. Creo que sobra contaros el resto de la escena, ya que solo fueron besos, preguntas a los familiares, enfermeras entrando y saliendo, ver cómo le daban la vuelta a mi abuela en la cama ... Creía que no saldría de esta.

No quise volver al hospital, no quería volver a ver todo eso. Y dado que no me quedaba otra opción, creí. Creí que todo se iba a arreglar; que todo lo que estaba pasando era una jugarreta del destino, pero que íbamos a salir; que mi abuela era fuerte; y que ochenta y dos años son pocos para una anciana maruja como ella. Aún tenía mucho que cotillear y mucho que hablar, muchos cumpleaños míos dándome dinero, muchas navidades, fiestas. Y así podría seguir, porque mi abuela era todo eso y más; y sí iba a morir algún día, pero se iba a morir en su camita, calentita, sin sufrir; simplemente se metería en un sueño en el que se sentiría tan a gusto que no querría volver al mundo real. Solo en ese momento aceptaría la muerte de mi abuela, no antes.

Y el tiempo pasó. Para sorpresa de todos, mi abuela cogía color y se recuperaba poco a poco. Hasta que por fin volvió a casa. Ese día fue uno de los más felices de mi vida. Mi abuela estaba tan reluciente, guapa y simpática como siempre lo había estado. Le di un tremendo abrazo y, acto seguido, le pregunté por su estancia en el hospital. Me respondió como solo ella respondía: "O carallo deste ghoberno dábame por morta; aghora ghódese e tenme que seghir paghando a xubilación". Me empecé a reír, pero no porque lo que acababa de decir fuera gracioso, que lo era, sino porque podría seguir riéndome así muchas veces más.

¿Y por qué os cuento todo este tostón de historia? Pues porque ayer sobre las cuatro de la madrugada fallecía mi abuela. Pero, la verdad, me importó relativamente poco. Sabía que se había ido feliz, ya que su cara mostraba una sonrisa. Para mí no estaba muerta, solo dormida. Mañana asistiré al entierro, pero no pienso derramar ni una sola lágrima; seré el más fuerte de todos los presentes.

Conclusión: mi abuela vivió dos años tan ricamente después de esa grave enfermedad, siguió para adelante y no se rindió. Y murió como todos deseamos morir.

"Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte." (Leonardo da Vinci -1452-1519-, genio y artista del Renacimiento.

Samuel Oya Camiña (3º ESO)




2. Trabajo de  Blanca Fernández:

Todavía no había nacido yo, cuando en 1998 mi abuelo enfermó del corazón. Fue tan grave su enfermedad que, después de dos infartos de miocardio, tuvo que someterse a un trasplante cardíaco. Fueron momentos difíciles para mi familia, pues no se sabía si aparecería un donante compatible. Pasados cuatro meses de espera, por fin sonó el teléfono dando la maravillosa noticia de que había aparecido un corazón compatible con el suyo.

Mi abuelo no creía que algo así le estuviese pasando. Después de tantos días viendo que su vida se le iba de las manos llegó la ambulancia que lo llevaría al Hospital Juan Canalejo de La Coruña (actualmente el Universitario de La Coruña).

Se tuvo que someter a una operación muy difícil en la que no les prometían que todo fuera a salir bien. Tras varias horas de espera, informaron a mi familia de que la operación había sido larga y muy laboriosa, pero con buenos resultados. Solo quedaba esperar para ver cómo aceptaría mi abuelo el órgano que le habían implantado, ya que en muchas ocasiones, aun siendo compatible, el cuerpo lo rechaza.

Fueron cuarenta y ocho horas de mucha tensión esperando ver cómo reaccionaría. Pasado este tiempo, mi abuelo despertó dentro de una incubadora gigante donde solo se le podía ver detrás de un cristal. 

Mi abuela y mis tíos fueron los primeros en verle, estaban inmensamente felices. Solo faltaba mi madre, que en ese momento se encontraba en Suiza trabajando, y estaba contenta y al mismo tiempo triste por estar a tantos kilómetros de distancia.

Pasados unos días mi madre vino para verlo y se llevó una grata sorpresa cuando mi abuela le dijo que no fuera al hospital, que en un par de horas una ambulancia lo llevaría a casa, ya que le darían unos días para estar con su familia y luego volvería de nuevo.  No se podían creer que a tan solo diecisiete días del trasplante ya lo dejaran venir a casa. Se sentían raros porque podían verlo, pero nadie podía acercarse, darle un beso o tocarle; sus cosas tenían que estar esterilizadas y solo mi abuela se encargaba de él. Lo más importante es que estaba con ellos, ya que los médicos no le daban más de seis meses de vida.

Mi abuelo creía que su vida se terminaría con tan solo cincuenta y cuatro años, se perdería muchos momentos importantes en la vida de sus hijos y no llegaría a conocer a sus nietos. Ahora da muchas gracias a la vida por dejarle disfrutar de momentos como la boda de sus tres hijos, conocer a sus seis nietos, que para él somos su mayor orgullo; le hemos hecho llorar en muchas ocasiones, algunas de tristeza, pero muchísimas más de alegría.

Nunca debemos perder la esperanza, porque no sabemos con qué nos puede sorprender la vida.

No quiero terminar sin agradecer infinitamente a esa persona que, perdiendo su vida, se la devolvió a mi abuelo y, por supuesto, a su familia, que decidió compartirla con otros, en este caso, nosotros.

[Blanca Fernández Míguez, 3º de ESO]





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