martes, 1 de agosto de 2017

#Un mar de historias: "Olas en blanco y negro"


 Desde niña me han admirado dos fotografías que, al no estar pegadas como las otras, siempre se caen y obligan una y otra vez al portador del álbum a agacharse y a volver a meterlas descuidadamente, por cualquier página, protestando por lo bajo. Dos fotos sin gente. Tomadas casi en el mismo sitio, aunque a distancia distinta y con perspectiva diferente. En una se aprecia al fondo la bocana del muelle, flanqueada por las dos balizas, verde y roja, que orientan a los barcos. En la otra, el murete de granito que remata el malecón a la derecha del faro rojo o, mejor dicho, a estribor. La primera fue tomada desde tierra firme, desde la ribera. La segunda, mucho más cerca, en el propio espigón, y muestra una ola rompiente alzándose en mil brazos sobre la peña señera que llaman el Orrio. Si no conociera el lugar, diría que la roca surge como excrecencia inverosímil del propio muelle, pero no: la separan al menos diez brazas.

Papá y mamá no protestan. Papá mira una foto y llora. Mamá mira la otra y ríe. Lo hacen cuando están a solas y creen que nadie los ve. Pero miento: papá no llora exactamente; la mira en silencio y, al levantar la cabeza, le veo muy colorados los ribetes de los párpados, como si tuviera alergia, y un velo le empaña el azul de un ojo tembloroso. Mamá tampoco ríe exactamente; la mira fijamente y, con movimiento perceptible apenas, se le van irguiendo las comisuras en una sonrisa tierna que se contagia enseguida a mejillas y ojos, y se queda un rato allí prendida, brillante.

“Amalia”, pregunto muchas veces a mi hermana mayor, “¿por qué llora papá cuando mira la ola?”  “Mejor no preguntes.” “¿Por qué ríe mamá cuando mira el puerto?” “Anda, calla, niña, no seas pesada.”  Así toda la vida. Y, ahora, cuando recojo la casa, cuando intento simplificar esta vida que se nos ha hecho tan cuesta arriba y digo “mejor tiro estas fotos en que no sale nadie, ¿no?”, me replica: “Tú estás loca. ¡Ni se te ocurra!” Pero es necesario deshacernos de tanto, ahora que vendemos el piso y papá, que ya ni siquiera nos conoce, se va a venir a mi apartamento. Ahora que a mamá le queda tan poco que puede que ya no vuelva a casa y que se despida de nosotras desde la cama del sanatorio donde intentan mitigarle un dolor que la vuelve amargamente mansa, taciturna. “Pero si no sale nadie, solo el mar”. “En esta sí, ¿ves?, ¿no lo ves?”  Y mi hermana señala unos puntitos pequeños oscuros, uno de ellos ya fuera del muelle, en mar abierto. Otros tres, casi en fila, muy por detrás del primero, se distinguen todavía dentro de la concha. “¿El qué? ¿Esto? ¿Es gente? ¿Son cabezas?” Pero Amalia no responde, no me cuenta, quizá no sabe. Nunca estuvo atenta a las historias de mamá. “Pregúntaselo a ella. Tiene buena memoria para las cosas antiguas. No se acuerda de lo que acaba de hacer, si tomó o no la pastilla, si sonó el teléfono hace un rato… Cuenta el mismo chisme cinco veces en media hora. Pero para lo de antes… no hay quien la gane”.

No sé. No me atrevo a preguntar. No lo hice a su debido tiempo, cuando ella reía, cuando él lloraba. Me sentía una intrusa rompiendo un momento íntimo. Y sigo sintiéndome así en este momento en que hemos de irnos despidiendo de ella, dice el doctor, si es que lo necesitamos. Con delicadeza, con suavidad, no tiene que notarlo, añade. Y a mí, qué bruta, no se me ocurre más que decirle: “Mamá, esas fotos, esta foto…”  Y abro un poco los dedos enseñando la esquina doblada de la foto del muelle.

Ni la mira. Con mencionarla solamente,  ya se va dibujando la sonrisa tierna,  maravilloso sedante. “Por qué llora papá, por qué lloraba”. “De la foto de tu padre no te puedo dar detalles, solo te digo que…” Y entonces me entero de que no es solo cosa de estos tiempos frívolos. Arriesgar la vida por un selfie al borde de un acantilado nos parece hoy ridículo, nos enerva; pero siempre ha habido osados a los que el vigor del océano no quiere indultar. Aquella ola se llevó al amigo, al amigo querido, mientras mi padre, cámara en mano, el ojo apoyado en la mirilla, ni reaccionaba. “¿Y cómo iba a reaccionar? ¡Si ni sabía nadar! Siempre fue tan torpe…” E intenta una carcajada que se le ahoga en la garganta.  Aquel posado ridículo fue la última vez.  Aunque luego, la ansiedad al revelar la foto, la esperanza… Pero no, solo la ola, sus brazos, sus largos dedos.


¿Y la foto de mamá? Creo que se va a quedar así sonriendo, sin decirme nada. No sería una despedida mala, al fin y al cabo. Pero las palabras arrancan, susurrantes al principio, más claras gradualmente. Aquel día llevaban el cerdo a bañarse, ella y los hermanos mayores. Es que la gente no sabe nada de los cerdos, no saben que les encanta nadar. Aquel era tan cariñoso. Le gustaba que lo rascaran detrás de la cabeza, como a los gatos. El albéitar había recomendado que nadase para que se le enderezaran las patas. Así que, de vez en cuando, había que llevarlo al puerto. ¡Todos a bañarse!  Los niños, el puerco. “Pero mira qué voltereta”. “Cómo hago el pino.” “¡No me salpiques!” “¡Toma!” “¡Cuánto aguanto bajo el agua!” “Ja, ja, ja”. “¡Qué tonto!” “Tienes algas en el pelo.” Y de repente, “ay, dónde está el cerdo.” “No está”.” Mamá nos mata, nos va a matar…”  Y allá iba, allá lejos, cerca de la embocadura, a punto de perderse el gorrino en el ancho mar. Salen todos nadando en desbandada, menos la pequeña, menos mamá, que, muerta de risa sobre los cantos rodados de la ribera, no puede casi ni explicarle a Moncho, el fotógrafo del pueblo, lo que está pasando. 


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